jueves, 21 de agosto de 2014

Personas.

Te aseguro que había cisnes en la fuente, me dijo. Luego se fueron volando, aseguró y se quedaba con una cara de melancolía. ¿Pero me crees, verdad? Yo lo miraba y le decía que sí, pero no estaba seguro de que fuera otro de "sus momentos". Siempre, bueno, casi siempre estaba convencido de que pasaban cosas que en realidad solamente imaginaba, pero a mí no me importaba, en realidad no es que no me importara, sino que no le daba ninguna importancia, tenía otros cosas que pesaban más que sus alucinaciones. Era una especie de sabio viejo dentro de un joven inseguro, pero cuando le venían sus focos de lucidez, era magia pura, era como si el mundo se detuviera, como si el tiempo parara; era otra cosa, algo que nunca he podido describir. Por eso es que no me importaba lo demás, solamente escucharlo y dejar que todo fuera.

Hace años de esto y ya no recuerdo ni su nombre.

sábado, 19 de julio de 2014

Anotaciones sobre el bien y el mal.

Tocan a la puerta. Abro. Es Ella, otra vez. Entra. Se sienta en el sofá, el que era de mi madre y que aún tiene su aroma. Mi madre ha muerto hace dos semanas. Estoy bien. Cierro la puerta y permanezco de pie. Ella no me mira, cruza la pierna y la balancea. La miro. Saca un cigarrillo y justo antes de encenderlo, le pido que no lo haga. Balancea la pierna con más fuerza. Se levanta casi de golpe y se encierra en el baño. La puerta sufre su enfado. Me acerco al sofá, aún tiene el aroma de mi madre, ahora está muerta. Estoy bien, gracias.

Cuando salga del baño no me dirigirá la palabra y seguramente se irá y entonces iré tras de ella, porque es lo que siempre pasa: voy tras de ella, pero yo estoy bien, gracias. Ella es así, cuando se enfada no hay razón que la calme, por eso mejor no digo nada, prefiero quedarme callado y que se le pase, porque es otra de las cosas que siempre pasan: el enfado termina por irse. Yo estoy bien, gracias.

Estoy sentado en el sofá. Suena mi teléfono. No es Ella, pero también la quiero. Contesto. “Ahora no puedo hablar”, le digo. Ella, ésta Ella lo entiende y colgamos. Pluralizo porque con ésta Ella así son las cosas y nunca tenemos problemas de nada, casi de nada. Nos entendemos aunque no nos pertenezcamos. Ésta Ella sabe que las pertenencias —al igual que yo—, son una irracionalidad que hay que erradicar.

Ahora se abre la puerta. Es Ella y tiene los ojos enjugados de lágrimas. La miro. Me levanto y voy a su lado. Siempre estoy a su lado, pero yo estoy bien, gracias.

Nos abrazamos. Pluralizo. Ella me quiere. Yo…, también. No decimos una sola palabra, solamente es el abrazo el que nos sirve de diálogo. Noto que una inminente erección empieza a fraguarse. Ella lo nota. Me besa. En singular: me besa. Cedo. La beso. Entonces nos besamos y su respiración se agita y su cuerpo se estremece y mi erección aumenta. Entonces me empuja. Ella es una zorra. Siempre lo ha sido. Coge su bolso que ahora está en el suelo al lado del sofá que aún huele a mi madre, que ha muerto, y que por cierto: yo estoy bien, gracias. Y se va, como mi erección y las ganas de volver a verla. Salgo tras de ella, pero no con tanto entusiasmo como para alcanzarla. Le grito, pero Ella ni se inmuta y sigue, con su camino y sus furias y sus formas, esos mecanismos que sabe engranar para el mal. “Es mala”, pienso mientras la veo marcharse. Entro a casa y sé que estoy bien, gracias.

viernes, 27 de junio de 2014

Actos sin reflejos (bocetos).

"Paso de ver y de escuchar por costumbre", era la frase dicha por el hombre que conocí esta mañana en una carnicería, la repitió por lo menos diez veces. No sé cómo pero nos pusimos a hablar y de pronto, ya habían pasado casi dos horas. Me contó temas que me interesaban, por lo que no presté atención en más cosas que lo que estábamos hablando. No era un monólogo, pues también me escuchaba y compartía mis ideas. "Tarde o temprano lo entenderán...", concluyó, luego nos despedimos y dimos la mano. No sé cómo se llama y quizá nunca nos volvamos a ver. No nos necesitamos.

Llego a mi casa, me siento frente al monitor y ahora mismo lo estoy escribiendo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Estética de lo feo.

“Bello, dice justamente Kant, es aquello que place universalmente sin interés, feo, por ello, es lo que displace universalmente sin interés. Lo desarmónico bien puede suscitar nuestro interés sin ser bello, entonces lo llamaremos interesante. No llamaremos interesante, sin embargo, a aquello que no abrigue en sí una contradicción. Lo simple, lo ligero, lo transparente no es interesante; lo grande, lo sublime, lo santo es demasiado elevado para esta expresión, es más que solo interesante. Pero lo complicado, lo contradictorio, lo anfibológico y por lo tanto también lo criminal, lo extraño, lo delirante es interesante. La inquietud fermentada en el infierno de la contradicción tiene una mágica fuerza de atracción.” 
(Karl Rosenkranz. Estética de lo feo).


miércoles, 9 de abril de 2014

Centro de Estética.

Esta es la situación:

Entras a un Centro de Estética donde tres mujeres te dan la bienvenida sonriendo, están uniformadas con un delantal que en los bolsillos portan tijeras, peines y aspersores. El local es grande con iluminación suficiente para no perder detalle, las paredes frente a las sillas están cubiertas con espejos que calculas pueden ser de más de dos metros por dos metros. Detrás de las sillas están unos dispositivos para lavar el pelo, no sabes cómo se llaman pero te recuerdan a un tipo de bidet más alto y que acopla al cuello. También, en los laterales del local hay estanterías con productos de belleza y muchos libros. Los libros son de ensayos filosóficos, de varios estudios de las artes y del pensamiento. Te sientas y mientras una rubia de tetas operadas y uñas cuidadas muy "a la francesa" te corta el pelo, se engancha a un monólogo sobre la importancia del arte contemporáneo en un marco socio-cultural dotado de pretensiones donde el capital rige su discurso. Tú escuchas con interés aunque desconoces el tema, eres más de música que de artes gráficas. Otra de las mujeres (es morena de pelo alto y con un pendiente brillante en la zona del bigote) se intromete y discute con ella, pues no está de acuerdo, le dice algo así como que su discurso, más que empatar con lo que la evolución histórica ha generado, lo está llevando por un camino de situaciones del desarrollo de la creatividad como teoría, no como concepto y esto se aleja del resultado creativo; mientras lo dice, hace aspavientos con el brazo derecho, mismo que lleva tatuado casi por completo, crees que son flores de loto. Aquí, la tercera mujer deja claro que ninguna de ellas tiene razón, y les grita que se callen, tú estás asombrado, ella dice que están mal, pues la abstracción del tema está siendo tergiversada por los determinantes que pueden ser de carácter anodino al tema, acentúa, luego se gira, y un silencio invade el local. De fondo, notas cómo la música empieza a subir de volumen, es Sebastian Bach en concierto de Brandenburgo, suena tan bien que lo cubre todo, hasta el último de los tijeretazos. Entonces te levantas y pagas, das las gracias y te vas sin entender la conversación, y cuando vas por la acera, percibes que la calle es otra aunque has pasado por ahí miles de veces, y justo ahí, sabes que el Centro de estética ha dado resultado: ahora eres otro, te ha cambiado y decides que funciona y que quieres volver.